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Niños bajo presión

“El estrés infantil ha aumentado de manera peligrosa, incrementando las enfermedades psicológicas y los suicidios en menores debido a la presión social para que sean perfectos y siempre felices”, es una de las conclusiones del investigador y periodista escocés, Carl Honoré, en su pertinente, confrontador y bien documentado libro, Bajo presión.

Actualmente muchos niños (la palabra también se refiere a las niñas) de estratos socioeconómicos medio y alto viven una paradoja: por un lado, sus padres los presionan y vigilan intensamente para que den buenos resultados académicos y adquieran habilidades a velocidad de rayo, mientras que por el otro y, al mismo tiempo, padecen abandonos afectivos significativos al faltarles compañía, manifestaciones de cariño, reconocimiento, motivación y guía espiritual por parte de los padres carentes de tiempo, disposición o energía para el ejercicio parental.

Al disminuir el número de hijos las expectativas de estos padres han aumentado, empujándolos a inscribirlos en sistemas educativos caracterizados por el fomento de la competencia, la búsqueda de la “excelencia”, así como por la exigencia en el dominio de conocimientos y acumulación de información, donde las habilidades de concentración y atención son imprescindibles, lo mismo que la memorización, obediencia y pasividad, son condiciones necesarias para adaptarse a este tipo de sistemas con métodos mecánicos y de memorización de conceptos.

¿Cómo es que llegamos a pensar que un niño puede tolerar largas horas sentado en un pupitre? ¿Por qué olvidamos que su naturaleza es el movimiento? En dichos sistemas no cabe un niño realmente niño, es decir, aquel cuya naturaleza y vitalidad lo empuja a la actividad, la exploración y, en ocasiones, hacia la desobediencia.

Tampoco cabe aquel cuyo temperamento enérgico y activo le dificulta mantenerse atornillado a una silla adquiriendo, pasivamente, conocimientos que le importan poco debido a la falta de pertinencia al tratarse de informaciones o elementos aislados, carentes de contextualización, lo que impide que el niño pueda darle un sentido a los aprendizajes.

A los niños presionados también se les inscribe en múltiples cursos y talleres extraescolares que ellos no pidieron, sino que fueron elegidos por sus padres con la intención de “que se vayan preparando para el futuro”, “para la competencia en el mercado”, “para que sean exitosos el día de mañana” o, simplemente, “para que quemen sus energías”.

Se trata de padres que siguen pensando que si sus hijos logran dominar las nuevas tecnologías de información y comunicación, o si consiguen adquirir múltiples idiomas y excesivas habilidades a edades tempranas, entonces podrán ser mejores que los demás y así obtendrán, el día de mañana, los mejores puestos en las mejores empresas, con los mejores sueldos (creencia subsistente a pesar de que la promesa de encontrar el mejor empleo a base de una buena preparación académica, hace muchos años que no se cumple en nuestro país).

La prisa que tenemos por hacer crecer a los hijos, la sobreexigencia con los resultados que deben dar, en combinación con ciertos niveles de carencia afectiva derivada de la falta de compañía materna, pero sobre todo paterna, los expone hoy a niveles de estrés nunca antes visto.

La presión los aplasta y unos explotan hacia afuera, tornándose violentos, impulsivos, destructores, mientras que otros explotan hacia adentro, enfermando, destruyendo, descuidando o desorganizando su cuerpo.

Cuánta razón tiene Honoré al afirmar que se puede lograr mucho más haciendo menos y con menos presión para que los niños no tengan miedo a equivocarse, a jugar o a aburrirse.

El derecho al ocio y al juego es un derecho fundamental, fuente de placer y de salud mental.

Dejemos que crezcan en paz.