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La promesa de los padres

las niñas y los niños para su sano desarrollo requieren que sus padres les cubran de manera suficiente sus necesidades: fisiológicas, afectivas, vinculares, cognitivas, sociales, de valores, etcétera.

Los padres suficientemente buenos tienen hijos producto de un deseo, deseo de dar amor, de trascender en la vida de otro ser humano al que a través de un proceso de dos décadas de educación, guía y acompañamiento dotan de las herramientas para que logre la autonomía, para que vaya de la dependencia natural de la infancia a la interdependencia adulta.

Es ante el nacimiento (o adopción) del hijo que los padres suficientemente buenos hacen una promesa de amor, cuidado y educación para que se conviertan en personas libres, autónomas, responsables y solidarias, es decir, en adultos capaces de ejercer la ciudadanía.

Promesa no siempre hecha de manera explícita, sino casi siempre implícita en el ejercicio de la crianza respetuosa cotidiana, en la atención sostenida, en la caricia tierna, en el que sostiene, en la motivación o aliento oportuno, en la confianza infinita, en el reconocimiento pertinente, en la guía precisa, en el consejo solicitado, en la convivencia alegre, en el respeto a sus derechos…

Promesa implícita, también, en el esfuerzo por cubrir sus necesidades y facilitar las condiciones para que llegue el día en “que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós”, como canta Serrat.

Sería útil la existencia de un ritual que explicitara dicha promesa, de esta manera el estrés y la vorágine de la vida acelerada no causaría estragos en el ejercicio parental.

La promesa se dirige al hijo, pero es para recordándonosla a nosotros mismos. Es de beneficio para él pero de responsabilidad para nosotros.

Sociológicamente, la promesa es un ofrecimiento de dar algo a otra persona. Desde el punto jurídico se trata de un contrato por el cual una de las partes se obliga a cumplir algo dentro de un lapso determinado. En la crianza existen encargos y responsabilidades sociales y jurídicas (implícitos en la patria potestad), se trata de humanizar al hijo en el transcurso de dos décadas (18 años es la obligación jurídica, es decir, al cumplir la mayoría de edad; aunque se requieren de alrededor de 23 para conformar un cerebro pleno, de acuerdo a las neurociencias).

Un ritual para la explicitación de la promesa hacia la hija, hacia el hijo, resulta un ofrecimiento solemne, sin fórmula religiosa, pero equivalente al juramento, de cumplir bien los deberes del cargo o de la función parental que va a ejercerse.

En uno de estos rituales que he facilitado, una futura mamá creo sensiblemente una promesa “hecha una tormenta de estrellas”:

“Querido hijo, mi promesa para contigo: consolarte, darte muchos besos, favorecer tu desarrollo espiritual, ¡divertirnos mucho!, jugar, jugar, jugar contigo, evitar estorbarte, dejarte aprender, llevarte a pasear y convivir en espacios naturales, ser espontánea, decirte continuamente cuánto te amo, cero golpes, escucharte y hablarte, valorar tus ideas, tu ser así tal cual, aceptar mis errores y enmendarme, reconocerte y valorarte, respetarte, dialogar contigo, enseñarte a expresar tus sentimientos, mostrarte el amor a través de mi relación con tu papá, leerte muchos cuentos, contarte historias, amarte profundamente…”

Cuánto bien hace la promesa cumplida

Pero la promesa se puede deshacer. Puede no ser cumplida. Entonces las consecuencias son desastrosas y de largo alcance no sólo para el hijo, sino para los padres también. Porque al no cumplir con la formación del hijo, de la hija, estamos abandonándolos a su suerte con pocos elementos para enfrentar la vida.

Enhorabuena por todos aquellos padres y todas aquellas madres que con acciones ratifican su promesa día a día para beneficio de sus hijas e hijos y, en consecuencia, de la sociedad.