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El derecho al juego, un derecho violado

“Estamos comprimiendo a los niños cada vez más en un entorno artificial, tecnologizado, donde se pierde el contacto con la naturaleza y las personas; necesitamos reorganizar nuestras actividades para respetar sus derechos al proporcionarles oportunidades para jugar, para con-vivir, para ser”, afirmación de la doctora en educación Ma. Esther Bonilla, con la que estoy totalmente de acuerdo.

El buen trato lo constituyen aquellas prácticas enmarcadas en el respeto a los derechos de la infancia. El derecho al juego, al esparcimiento, a las actividades recreativas se encuentra en el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño, o sea que al ser un derecho para la niñez, su garantía se convierte en una obligación para el Estado, para los adultos.

No obstante, en la actualidad un sector de la población infantil sobre todo de estratos medios y altos de ciudades industrializadas ven violado este derecho. Las razones: la falta de espacio y tiempo para el esparcimiento, dos situaciones que limitan el florecimiento, obstruyen el desarrollo infantil, comprimen su temperamento y terminan por desorganizar el comportamiento.

No hay espacio porque las ciudades no están construidas para los niños y niñas, sino para los autos; edificios y lugares al servicio de la producción que sostiene al sistema económico donde la vida infantil no cabe.

No hay tiempo porque los adultos nos las hemos arreglado para que vivan a nuestro ritmo, es decir, de prisa. Además, los programas, sistemas y actividades propias de su edad o encaminadas a cubrir sus necesidades y promover su desarrollo, las hemos confeccionado de tal manera que redundan en exigencia, exceso de tareas y actividades que limitan el acceso al juego libre, al esparcimiento, o bien, a la vida con un ritmo lento, tal y como lo requiere la etapa infantil.

Por ejemplo, hemos creado programas educativos que tienden a institucionalizarlos al ampliar sus horarios en aras de promover el acceso a habilidades múltiples, cuando en realidad tal cosa obedece a la necesidad de nuestros sistemas laborales, económicos y productivos que requieren de nuestra mano de obra para sostenerlos, lo cual implica la dificultad del cuidado a los hijos hijas.

Seamos honestos, los niños y las niñas no necesitan aprender entre las paredes de las instituciones sino en el espacio abierto de la comunidad, en la espontaneidad del ámbito doméstico donde se aprende de la vida real y concreta. Más nos valdría reconocer que no podemos ofrecerles esto en lugar de afirmar que más horas de escuela es en su beneficio.

El pensador, psicopedagogo y dibujante italiano, autor de numerosos libros sobre el papel de los niños y niñas en el ecosistema urbano, Francesco Tonucci, enfatiza que los niños no quieren estar recluidos en su habitación para jugar, ni en ludotecas, ni en todos esos espacios que construimos para que estén controlados.

El tema de las tareas extraescolares se ha convertido en un conflicto entre padres y maestros, pues aunque se supone que esta debería ser una actividad que refuerce el aprendizaje adquirido en el aula, muchas veces resulta un ejercicio de aprendizaje de lo que no se consiguió allá, pues suelen traer a casa actividades que aún no comprenden, entonces son los papás quienes tienen que enseñarles.

Lo anterior termina trastocando las relaciones paterno-filiales porque enseñarle a los hijos los conocimientos propios del aula implica ponerse en el rol docente, renunciando al tiempo para la convivencia cotidiana para utilizarlo en una actividad poco atractiva para los niños al carecer de pertinencia, lo cual genera enojo y tensión en el vínculo.

Algunas escuelas han disminuido considerablemente las tareas extraescolares, recomendando en su lugar, juego libre, actividades cotidianas que generan aprendizaje significativo. Son escuelas que saben lo que Tonucci afirma: “los niños que han podido jugar bien y durante mucho tiempo serán adultos mejores”, pues el juego proporciona recursos para la vida.

Por eso jugar no es un lujo sino una necesidad y hoy, un derecho, o sea ley. Regresémosles, pues, el espacio y tiempo que les pertenece